Otto Jansen habla, en su columna, sobre el poderío de las bandas armadas y cómo en un pueblo minero sin ley el crimen amenaza a un gobernante local oficialista.

Cuatro kilómetros separan el sector de El Perú de la plaza El Jobo, emblemático espacio de comparsa del calipso cercano al derruido mercado de El Callao, una de las jurisdicciones del sur del estado Bolívar. En las inmediaciones de esa plaza explotaron recientemente granadas de advertencia de una posible guerra en ciernes.

El Perú, comunidad histórica de El Callao, con pintorescas casitas, iglesias y añejos molinos de tiempos de la presencia anglosajona y caribeña, era casi tan desconocido para los guayaneses como lo llegó a ser el país del sur del continente. Hoy y al igual que aquella nación receptora por excelencia de la migración venezolana, el sector viene ocupando un lugar preponderante en el protagonismo de la localidad que, sin embargo, por las acciones “encubiertas” del gobierno usurpador y por la actuación del hampa armada hasta los dientes, en torno a las peripecias de la explotación minera, el tema es puesto de lado evitando difusión de crudas realidades y posibles consecuencias “por meterse en profundidades” nada benignas.

“Un kilo de oro por la cabeza del alcalde al estilo del oeste”, tituló alguna prensa sobre un comunicado dado a conocer, mediante volantes, por el o los jefes de bandas antisociales en los primeros días de noviembre, comprobándose el control y poder que ejercen estos grupos sobre los callaoenses.

Aún con la tensión e incertidumbre ante los niveles de aberración a que ha llegado la rutina del pueblo (con cadáveres decapitados encontrados), las autoridades regionales y nacionales de la revolución ocupadas de eternizarse en el poder, muestran un “dejar hacer, dejar pasar” en relación al presente y futuro del municipio, su destino económico y el papel institucional -alcaldías, concejales, diputados- en relación directa a El Callao, pero que supone también la misma posición ante jurisdicciones en condiciones más o menos similares, como son: Roscio, Sifontes, Gran Sabana, Sucre, Cedeño y Angostura.

Pueblo del bum-bac, tierra del colapso

Hacia El Perú se ubican las intrincadas montañas donde es vox populi escuchar sobre la presencia de bandas delictivas, pero no se requiere adentrarse hasta allá para contemplar el reflejo minero y sus secuelas sociales. En Nakupay, explican residentes históricos de El Callao, la franja izquierda al pasar el puente de entrada al pueblo, es la mejor muestra de la situación de crisis y abandono, expresión gráfica de la emergencia humanitaria compleja nacional, acentuada sobre todo en poblaciones periféricas.

En esa comunidad, a orillas del río Yuruari, residen 25 mil personas según estimaciones no oficiales, más que los 21 mil habitantes que hace 10 o 15 años tenía el municipio completo. La cifra resulta de una estimación de por lo menos 90 consejos comunales que, sin considerar la forma de integración, son un termómetro de la cantidad de barriadas que conforman el pueblo.

De modo que en El Callao, según los voceros que muestran estos números no confirmados, habitan en la actualidad unos 80.000 habitantes aproximadamente que incluyen la población flotante. No existen en Nakupay (y sirve de parámetro para todo el municipio, lo relacionado con los niveles de indefensión e inseguridad), el funcionamiento regular de ningún servicio público, excepto la destartalada Unidad Educativa Bolivariana de vieja data, que haga prestación a una población de tal magnitud.

Ahora, ¿quién es el alcalde por quien piden una recompensa tan especial? La hoja pública del funcionario es limitada. Su escasa biografía en las redes sociales lo describe como un entusiasta militante de la revolución bolivariana, cuyo discurso se enfoca en alabar tanto a Maduro como al general Justo Noguera, contando entre sus atributos la tan propensa conducta socialista de exhibir sus veleidades faranduleras. Se dice que Noguera le dio instrucciones para que en compañía de su esposa salvaguarde su integridad, siendo su ausencia notoria luego del primer fin de semana de noviembre cuando le entregó el traje de Madama a Miss Venezuela 2019 en una visita a la localidad.

“Alberto Hurtado es un joven sin mayor experiencia, ni conocimientos que ha usado la Alcaldía en búsqueda de beneficio personal”, atinó a decir un residente al ser consultado. “Toto Jhon F” que así se nombra en el panfleto repartido el supuesto cabecilla que le amenaza, asegura que les traicionó luego de haberles pedido y recibido de ellos, oro para su campaña.

Jalisco hace su comparsa

El Callao encabeza la lista de municipios mineros que van enfilados, sin aparente impedimento, a reeditar situaciones como la que a mediados de octubre se vivió en Zapopan, célebre municipio del estado de Jalisco, México, con la toma del sitio -a sangre y fuego- por poderosas bandas criminales a propósito de la detención del hijo del famoso narcotraficante Chapo Guzmán que fue liberado por orden presidencial en rotunda victoria para el hampa organizada.

No es una situación novedosa en Venezuela. Nuestro estado Bolívar tiene barriadas en Ciudad Bolívar, Ciudad Guayana, Upata y Caicara que llevan años siendo potestad de grupos de este tipo. De allí que la afirmación no predice el futuro.

Ante este panorama, la revolución interviene solo cuando están en riesgo sus intereses, que a decir mayoritario en los municipios del sur, es lo que ocurre en este momento luego que los funcionarios y líderes han utilizado a los “sindicatos” que hoy les ponen precio a las cabezas de sus antiguos socios.

La gravedad implica igualmente que en coyuntura de luchas por el rescate del orden constitucional, tal como es la ruta de la Asamblea Nacional y el presidente (e.) Juan Guaidó, que irremediablemente dará frutos más temprano que tarde, las corrientes partidistas en Guayana que por la composición del Parlamento protagonizan la dirección de este propósito, no tienen propuestas, ni han mostrado inquietudes que acompañen soluciones para encarar ese escenario y encaminar medidas factibles de la mano del desarrollo de esas poblaciones.

Quienes fueron gobierno regional están anclados en las dinámicas de aquellos años, idos hace rato de la brújula social. Quienes no, no muestran intenciones (solo hacen las denuncias) de propiciar jornadas especializadas requeridas ante la espeluznante problemática.

En México -por cierto, también en El Callao hay un sector con ese nombre- se pusieron de moda los corridos y rancheras que celebran este submundo del delito. En nuestra querida tierra de Isidora, de seguir como vamos vendrán a escucharse los calipsos que entonarán con otras variables de armonía y letras, aquello de: “Aja, aja, bandido/ estabas callao/ estabas escondido…” y no se tratará de un solitario minero. Ojalá, y Dios quiera que no.

Trocitos

Lo ocurrido en la República de Bolivia, con el intento de fraude electoral y salida del expresidente, Evo Morales, cuestionado por sus compatriotas. Para la ciudadanía venezolana, “picada de culebra” por el proceso político de aquí, es un aliento refrescante en aspiraciones de recuperación democrática: los procesos tienen resoluciones exitosas a pesar de dificultades e infortunios.

Es comprensible que por ignorancia sobre otras realidades y elementos que no resisten el análisis riguroso, tenga influjo el hecho de la diáspora venezolana, de debut histórico en el sentimiento nacional, alimentando juicios desbordados, ruidosos por la complejidad de las largas luchas.

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