Diana Gámez escribe que en 14 años se desarrolló, en formato gigantografía, “el ego de Evo”. “Tan grande, como para ordenar la edificación de su propio museo para honrarse a sí mismo y practicar el culto a su personalidad”.

Evo huyó primero de La Paz a El Chapare y después partió a México. Entre una y otra evasión le ofrecieron alojamiento en La Habana, Managua o Caracas, pero el aymara se decantó por el país de la ranchera y el corrido. Seguro que le encanta el mariachi, porque además de pastor de llamas también es músico. Al descender del avión en el aeropuerto Benito Juárez, dijo que el golpe de Estado se produjo porque no le perdonan su condición de indígena, algo que “enerva” a la derecha reaccionaria boliviana. La misma que no dijo ni pío durante sus 14 años de gobierno: el mandato más largo en la historia de Bolivia, uno de los países más pobres del continente.

No conozco el árbol genealógico de Álvaro García Linera, su sempiterno vicepresidente quien también lo acompaña en México, pero su estampa me dice que no es oriundo de Orinoca, en el altiplano sur de Bolivia donde nació Evo. Por cierto, en aquel pueblo -femenino de Orinoco- el expresidente erigió su propio museo, donde exhibe una estatua suya de tamaño natural. Sus paredes están tapizadas con una galería de fotos del niño pastor que fue, del recluta, del músico de banda, del líder de los cocaleros, del diputado. Sin olvidar los daguerrotipos con su adorado Fidel y con los rectores de las 44 universidades del mundo que le concedieron títulos honoris causa. Una orgía académica que homenajea la megalomanía, la corrupción y el abuso de poder de quien violó su propia legalidad para aterrajarse en el poder, como cualquier tirano comunista.

Le puso un nombre grandilocuente “Museo de la Revolución Democrática y Cultural de Orinoca”, ubicado en un pueblo de menos de 1.000 habitantes, con callejuelas polvorientas y casas de adobe sin agua potable ni alcantarillado. En 14 años se desarrolló, en formato gigantografía, “el ego de Evo”. Tan grande, como para ordenar la edificación de su propio museo para honrarse a sí mismo y practicar el culto a su personalidad.

Para semejante ego no era suficiente un palacio presidencial como el Quemado, pues hasta el nombre le resultaba inadecuado para albergar tanto su impoluto cuerpo, como su soberbio e inconmensurable amor propio. Por eso no dudó en mandarse a construir “La Casa del Pueblo”, ubicada de espaldas al Quemado. Un palacio de 29 pisos -que rompió con la estética patrimonial del viejo casco histórico de La Paz- con helipuerto, 3 sótanos, 7 ascensores de última generación y uno para uso exclusivo de Evo.

La suite presidencial es de ensueño con sus 1.068 metros cuadrados, paredes de mármol, sala de masajes, gimnasio, jacuzzi y una envidiable cama de 3 metros. Todo pergeñado “para desmontar del imaginario colectivo al país construido por la elite local expoliadora de la riqueza”. ¡Qué manera tan capitalista-hedonista de desmontar imaginarios!

No debemos olvidar que, en su fulgurante carrera hacia el olimpo de las deidades de la izquierda caviar, Evo también fue candidato al Nobel de la Paz. Su presidencia empezó en el 2006 y, ya en 2007, la gestora comunista hizo un costoso lobby para engordar el listado de sus premiados por Oslo, con una distinción tan relevante en estos tiempos de tanta violencia. Pero ¡no pudo ser el Rigoberta Menchú de Bolivia!

Volvamos a la actualidad. Ya Bolivia tiene una presidenta llamada Jeanine Añez, con un alto mando militar renovado y el compromiso de convocar a nuevas elecciones rápidamente, pero los seguidores de Evo siguen en la calle. El futuro inmediato es incierto. Pero me alegro que no sea un militar el que haya asumido como presidente de la transición. Algo muy frecuente en nuestros países, lo cual debe ser leído de manera positiva, porque refleja el carácter institucional de las Fuerzas Armadas bolivianas.

Apenas fue investida como presidenta, Jeanine Añez tomó contundentes decisiones. Una de ellas fue expulsar a 725 agentes cubanos; asesores, presuntamente, en las áreas de salud y comunicación. Pero se sospecha que hay muchos más en servicios de inteligencia y contrainteligencia, donde estos agentes cumplen tareas estratégicas para el castrocomunismo. Por esto, Jeanine Añez es mi heroína personal, y rezaré para que tenga todo el éxito posible en la difícil gestión de recobrar la democracia y restaurar la libertad en aquel país hermano.

Agridulces

¡Cuánto respeto exhibe la cúpula podrida de la dictadura venezolana por la Constitución boliviana! Tanto el locatario miraflorino como el epulón furrialero no se cansan de recurrir a la carta magna de Bolivia para condenar cualquier acción de los sectores que se opusieron al fraude electoral, a la permanencia indefinida de Evo en el poder y a la corrupción que lo carcomió todo en aquel país sudamericano.

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